El apego: del origen a nuestras relaciones adultas.
- María Villalba Jorquera

- 6 ene
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El concepto de apego, desarrollado por John Bowlby en el siglo XX, es una de las claves más importantes para entender cómo nos relacionamos, cómo gestionamos lo que sentimos y cómo nos vemos a nosotros mismos y a los demás. No habla solo de la infancia: atraviesa toda nuestra vida emocional.
Bowlby explicó que nacemos con un sistema de apego innato cuya misión principal es protegernos y asegurar nuestra supervivencia. Desde los primeros días de vida, este sistema se va moldeando a través del vínculo con las figuras que nos cuidan y nos ofrecen seguridad. Lo decisivo no es que la crianza sea perfecta, sino que exista una sintonía emocional suficientemente buena, como señalaba Winnicott: alguien que responda, de forma más o menos constante, a nuestras necesidades físicas, emocionales y de exploración.
Las relaciones con los hermanos también dejan una huella profunda. A través de ellas aprendemos a competir, cooperar, compararnos y regular emociones en compañía. Estas experiencias pueden reforzar o suavizar el estilo de apego que se va formando.
De todo este entramado temprano surgen los llamados modelos internos de apego: mapas emocionales y mentales, en gran parte inconscientes, sobre cómo son los demás (disponibles o ausentes, fiables o imprevisibles) y sobre quién soy yo (valioso y digno de amor, o insuficiente y poco merecedor). Estos modelos influyen, sin que nos demos cuenta, en nuestras expectativas, reacciones emocionales y formas de relacionarnos a lo largo de la vida.
Los patrones de apego
Hablar de estilos o patrones de apego es hablar de cómo regulamos la cercanía, la distancia, la seguridad y la emoción en nuestros vínculos. No son rasgos fijos de personalidad, sino estrategias aprendidas que, en su origen, tuvieron una función adaptativa.
Cada patrón se organiza alrededor de tres grandes preguntas internas:
Cómo veo a los demás: ¿son accesibles y afectuosos o imprevisibles y poco fiables?
Cómo me veo a mí: ¿me siento valioso o defectuoso, digno de amor o rechazable?
Cómo manejo mis emociones: ¿puedo expresarlas?, ¿me desbordan?, ¿las escondo?, ¿sé pedir apoyo?
Apego seguro
Es el patrón más flexible y protector. Aparece cuando las figuras de cuidado han sido, en general, sensibles, predecibles y emocionalmente disponibles.
Regulación emocional: la persona puede sentir emociones intensas sin perder el control ni desconectarse.
Vivencia interna: confianza básica en los vínculos y sensación de ser digno de amor sin tener que ganárselo.
Relaciones: se acepta la dependencia mutua como algo sano; los conflictos no se viven como amenazas y las necesidades se expresan con claridad.
Apego ansioso o ambivalente
Aquí el sistema de apego está constantemente en alerta. La cercanía nunca parece suficiente ni del todo segura.
Regulación emocional: las emociones se intensifican por el miedo a perder al otro; es fácil sentirse desbordado.
Vivencia interna: el temor al abandono domina la experiencia; la autoestima depende mucho de la respuesta ajena y el diálogo interno suele ser exigente y autocrítico.
Relaciones: gran sensibilidad a cualquier cambio de tono, distancia o disponibilidad; dificultad para tolerar la espera y tendencia a la fusión o dependencia emocional.
Apego evitativo.
En este caso, el sistema de apego se desactiva. La cercanía emocional se vive como peligrosa, innecesaria o invasiva.
Regulación emocional: las emociones vinculadas a la necesidad de los demás se reprimen o se racionalizan.
Vivencia interna: fuerte idealización de la autosuficiencia y dificultad para reconocer las propias necesidades emocionales.
Relaciones: apariencia de fortaleza que esconde miedo a la intimidad; distancia afectiva y tendencia a retirarse ante conflictos o demandas emocionales.
Apego desorganizado.
No hay una estrategia clara para manejar la cercanía y la distancia, lo que genera un gran malestar emocional.
Regulación emocional: el sistema de apego se activa de forma caótica; la figura significativa es a la vez deseada y temida.
Vivencia interna: identidad inestable, confusión, vergüenza y emociones intensas y contradictorias.
Relaciones: alternancia entre dependencia extrema y rechazo brusco; vínculos intensos, inestables o traumáticos y dificultad para confiar incluso en personas importantes.
El apego en la vida adulta
En la edad adulta, el apego se entiende mejor como un continuo que como categorías rígidas. Muchas personas combinan rasgos de distintos estilos, por ejemplo:
Ansioso-evitativo: fuerte deseo de cercanía junto con miedo a depender.
Evitativo-temeroso: distancia emocional motivada por el temor a ser herido.
Estas configuraciones hablan de historias vinculares complejas y, lo más importante, pueden transformarse a través de nuevas experiencias relacionales significativas.
Los estilos de apego no son trastornos en sí mismos, pero sí pueden aumentar ciertas vulnerabilidades, como la ansiedad, la depresión, los pensamientos obsesivos, los estallidos de ira, las conductas adictivas o incluso las autolesivas. Todo ello está estrechamente relacionado con la autoestima y con la forma en que nos tratamos y nos hablamos internamente (diálogo interno).
Comprender el apego es comprender cómo nos vinculamos, cómo regulamos nuestras emociones y cómo construimos nuestra identidad. Identificar nuestro estilo no es ponerse una etiqueta, sino ganar conciencia y abrir la puerta al cambio. Los vínculos estables, seguros y significativos —incluida la relación terapéutica— pueden convertirse en espacios de seguridad y reparación, donde revisar nuestros modelos internos de apego y aprender nuevas formas de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos.


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