Las heridas de infancia: comprender lo que nos marcó para sanar.
- María Villalba Jorquera

- hace 15 horas
- 4 Min. de lectura
Cuando hablamos de heridas de la infancia, no hablamos de etiquetas ni de diagnósticos. Hablamos del daño emocional y psicológico que se construyó en la psique de la persona, a partir de experiencias emocionales tempranas, influyendo por completo en la forma en que se relaciona consigo mismo, con los demás y con el mundo.
No es necesario haber vivido una infancia claramente traumática para tener heridas emocionales. Muchas de ellas se pueden construir en lo cotidiano de una "vida normal", en lo que no se dijo, en lo que no se sostuvo, en lo que no tuvo espacio...
Cuando somos niños dependemos emocionalmente de nuestros cuidadores. Si algo esencial falla de manera repetida, el niño no puede cuestionar el vínculo. Se cuestiona, se responsabiliza y se culpa siempre a sí mismo. Y desde esa posición es desde donde aprende a adaptarse para sobrevivir emocionalmente.
¿Qué son las heridas de infancia?
Desde la psicología, entendemos las heridas de infancia como experiencias relacionales tempranas en las que las necesidades básicas de apego, seguridad y validación no pudieron ser cubiertas de forma suficiente o coherente.
Estas heridas no siempre se recuerdan como hechos concretos, ya que derivan normalmente de dinámicas extrínsecas e intrínsecas y no se hechos puntuales.
A menudo se manifiestan como sensaciones persistentes que generan malestar y dificultad a la hora de vivir: inseguridad, miedo al abandono, dificultad para confiar, autoexigencia, culpa o sensación de no ser suficiente.
A lo largo del tiempo, distintos autores han descrito varias heridas emocionales principales. Las principales son:
1) Herida de abandono.
Se origina cuando el niño experimenta ausencia emocional o física significativa, o una sensación de inestabilidad en el vínculo.
En la vida adulta puede manifestarse como:
• Miedo intenso a la soledad.
• Dependencia emocional, a veces extrema.
• Ansiedad en las relaciones.
• Dificultad para tolerar la distancia afectiva.
La necesidad profunda que hay detrás es sentirse acompañado y sostenido.
2) Herida de rechazo.
Aparece cuando el niño percibe que no es aceptado tal y como es, o que sus emociones no tienen lugar.
Puede expresarse en la adultez como:
• Baja autoestima.
• Inseguridad y desconfianza en uno mismo.
• Sensación constante de no encajar.
• Tendencia al aislamiento.
• Miedo a mostrarse auténtico.
Suele sostenerse sobre una creencia dolorosa: “Hay algo en mí que no merece ser querido”.
3) Herida de humillación.
Se forma cuando el niño se siente avergonzado, expuesto o invalidado en sus necesidades emocionales.
En la vida adulta puede verse como:
• Culpa frecuente.
• Dificultad para poner límites.
• Tendencia a priorizar a los demás.
• Desconexión de las propias necesidades.
• Sensación de desprecio propio hasta deshumanización.
El aprendizaje interno suele ser: “Si necesito demasiado, molesto”.
4) Herida de traición.
Se desarrolla cuando la figura de apego es vivida como impredecible, incoherente o poco confiable.
Puede dar lugar a:
• Necesidad de control.
• Dificultad para delegar.
• Desconfianza en los vínculos.
• Relaciones intensas y ambivalentes.
En el fondo hay un miedo profundo a volver a sentirse defraudado.
5) Herida de injusticia.
Aparece en contextos rígidos, fríos o excesivamente exigentes a nivel emocional.
En la adultez suele manifestarse como:
• Perfeccionismo.
• Rigidez emocional.
• Dificultad para mostrar vulnerabilidad.
• Autoexigencia constante.
El mensaje interno suele ser: “Solo valgo si lo hago todo bien”.
Las heridas en sí no son el problema. Las heridas de infancia no nos dañan por sí mismas en la vida adulta, nos dañaron cuando éramos niños. El "problema" o, mejor dicho, lo que genera sufrimiento son las estrategias que desarrollamos para protegernos del dolor que hubo y que siguen generando lo vivido e interpretado desde nuestra mente infantil.
Estas estrategias fueron necesarias cuando éramos niños, para conseguir salir adelante adaptándonos emocionalmente a lo que nos encontramos.
El problema aparece cuando seguimos utilizándolas en la vida adulta, aunque ya no se ajusten a nuestra realidad actual.
Desde una mirada clínica, estas heridas suelen observarse en forma de:
patrones relacionales repetitivos,
dificultades en la regulación emocional,
esquemas rígidos sobre uno mismo y los demás,
reacciones intensas ante situaciones que activan el pasado.
No es debilidad ni inmadurez. Es coherencia emocional.
¿Se pueden sanar las heridas de la infancia?
Sanar no significa borrar el pasado ni dejar de sentir. Significa comprender el origen del dolor, validarlo y aprender nuevas formas de relación.
Muchas heridas se produjeron en el vínculo, y por eso su reparación también necesita, en muchos casos, un vínculo seguro. La terapia ofrece una relación estable y predecible, validación emocional, un espacio donde explorar sin juicio, nuevas experiencias emocionales reparadoras.
No se trata sólo de entender lo que ocurrió, sino de vivir algo diferente en el presente.
Ejercicio breve de reflexión.
Te propongo un momento de pausa.
Busca un lugar tranquilo y respira hondo, inspirando por la nariz lentamente y expirando por la boca también lentamente. Intentando llenar de aire abdomen, pecho y hombros, un par de veces.
Luego reflexiona, sin juzgarte, ime intenta contestar estas preguntas:
- ¿En qué situaciones de tu vida actual reaccionas de forma intensa, que te resulte desagradable o a los demás?
- ¿ Suelen ser experiencias parecidas en las que reacciones de ésa forma? ¿En qué se asemejan? ¿Qué te hacen sentir antes y una vez has reaccionado?
- ¿Qué emociones aparecen con más frecuencia en tus relaciones: miedo, culpa, enfado, inseguridad, necesidad de agradar/complacer?
- Cuando algo proveniente de otra persona te duele, ¿tiendes a acercarte, a alejarte o a exigirte más?
Ahora pregúntate con suavidad:
¿Qué pudo necesitar ese niño o esa niña que fuiste y no siempre pudo recibir?
No busques respuestas perfectas.
Solo escúchate con más amabilidad.
Si al hacer este ejercicio aparecen emociones intensas, recuerda: no tienes que hacerlo solo. Pedir ayuda también es una forma de cuidado.
Las heridas de la infancia no definen quién eres. Definen cómo aprendiste a protegerte y sobrevivir.
Mirarlas con conciencia y compasión no nos ancla al pasado, nos libera en el presente.
Y desde ahí, el cambio deja de ser una exigencia y se convierte en un proceso posible.



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