
¿Por qué herimos a los que nos rodean? Necesidad, dolor, miedo y rabia.
- María Villalba Jorquera

- hace 1 día
- 3 min de lectura
¿Alguna vez has sentido que un "simple" conflicto se convertía en cuestión de segundos en una explosión de ira dentro de ti?
Lo que sucede en tu cerebro no es un ataque de locura. Tampoco suele ser el castigo merecido por el otro. Objetivamente, es un mecanismo de defensa modelado desde nuestra niñez, que tendemos a normalizar hasta que las consecuencias (por responsabilidad, por empatía, por malestar...) comienzan a afectarnos de forma negativa. Lo que empieza como una tristeza profunda y paralizante, a menudo se transforma de forma casi automática en miedo y/o en rabia. Esta metamorfosis no es un error de nuestro cerebro, sino una estrategia evolutiva de supervivencia.
En la base de todo este malestar emocional siempre hay una necesidad, que depende por demasía de la parte de nuestro cerebro más primitiva. Todos los seres humanos llegamos al mundo condicionados por necesidades. Las necesidades más obvias, más perceptibles, son las orgánico-físicas, relacionadas con nuestra condición de seres vivos. Pero existe otro tipo de necesidades, menos obvias, menos perceptibles, menos tangibles y, sin embargo, las que más humanos nos hacen. Estas son nuestras necesidades psico-emocionales:
La necesidad de validación: lo que nos sucede, todo lo que sentimos, tenemos derecho a sentirlo; no es menos válido.
La necesidad de seguridad: poder permitirse confiar en otros nos genera tranquilidad.
El amor: querer y sentirnos queribles y queridos da sentido.
La pertenencia: sentir que se nos tiene en cuenta, que se nos busca y que formamos parte de un "conjunto".
El problema surge cuando pedimos algo, como sentirnos vistos, tiempo juntos, compartir, un abrazo, respeto... y las personas de nuestro entorno no corresponden a nuestra demanda. No importa si lo que pedimos es "justo" o "exagerado" para la otra persona; lo crucial es que para nosotros es una necesidad real y poderosa.
Cuando esa demanda se ignora, se minimiza, se invalida, se desprecia... nuestro sistema psico emocional lo interpreta como una forma de rechazo y abandono, genera mucho dolor y desencadena una fuerte reacción de nuestro sistema límbico y sistema nervioso autónomo. Es la sensación de "No te importo" (que con el tiempo puede terminar convirtiéndose en "No importo"), y la crisis emocional correspondiente.
La primera reacción emocional ante ese vacío por el rechazo y el abandono percibidos es la tristeza profunda. Pero el dolor y la tristeza son respuestas estáticas, nos frenan y paralizan, quedamos "atrapados" en el malestar. Nos sentimos pequeños, indefensos, completamente vulnerables y generamos miedo (existen muchas posibilidades que temer). Sentirse frágil asusta demasiado y sentirse desprotegido es peligroso, así que el inconsciente activa una defensa de emergencia: transforma la tristeza (que va hacia dentro, adolece nuestro valor propio) en rabia (nos moviliza hacia fuera, ataca al otro y destruye el vínculo).
Sentirnos enfadados, por lo menos, nos hace sentir falsamente poderosos; nos hace sentir que tenemos algún poder sobre la situación, que podemos dominar a quien nos daña (agrediéndolo, reclamándole, rechazándolo, aislándolo o aislándonos), que podemos luchar (forma muy poco correcta de poner límites) y que podemos protegernos de la fuente de dolor ("No hay mejor defensa que un buen ataque"). Pero, en realidad, lo que se busca, desea y necesita es evitar que nos vuelvan a dañar.
La rabia, en cualquiera de sus formas —rencor, rechazo, molestia, tensión, odio, asco, envidia, celos, orgullo, etc.—, es una excelente guardaespaldas, pero no deja de ser un pésimo consejero. Nos intenta proteger temporalmente del dolor, del miedo a no cubrir nuestras necesidades, del otro "culpable que nos daña", del contexto, y en ese intento nos auto-sabotea, nos aleja de la solución real: identificar el daño interno propio y sanar la necesidad afectiva original.
Reconocer que, detrás de cada grito o explosión de ira, suele haber un niño herido que no se sintió querido de la forma que necesitaba es el primer paso hacia la verdadera consciencia sobre uno mismo, el re-conocimiento propio, la comprensión de por qué nos sentimos así, la aceptación y el amor hacia nosotros mismos de forma incondicional, con nuestras limitaciones, debilidades y dificultades y, consecuentemente, la verdadera regulación emocional, la vinculación afectiva sana con nosotros mismos y los demás, y poder vivir con mucha más tranquilidad.



Comentarios